Mi aventura con el enterrador

A continuación os voy a contar lo que me ocurrió, tras terminar mis estudios y encontrar mi primer trabajo.

Me llamo Sofía, tengo 24 años y acababa de terminar la carrera de trabajadora social cuando conseguí un trabajo en un pequeño pueblo olvidado casi del mundo. Pensaba que me iba a morir del aburrimiento pero estaba equivocada, a medida que pasaban los días, me sentía más a gusto en ese pequeño poblado de unos veinte habitantes, y además tenía la ventaja de ser la única chica joven y bien formada que se veía por allí, lo que se traducía en miles de miradas hacia mi; de quien más atenciones recibía era de los vejestorios del pueblo porno que veían por primera vez en muchos años un cuerpo joven, y desconocido al que piropear.

Considero que tengo un cuerpo bonito, con curvas y que a decir de la gente vuelve locos a los hombres, me describo: 52 kilos, 1,69 de estatura, piel morena, unos pechos generosos y un culito que según mis amigos está muy bien puesto.

En mi ciudad tenía mucho éxito con los chicos y cuando llegué al pueblo, me entusiasmó comprobar que también en mi lugar de trabajo tenía a los hombres que quisiera, aunque maduros comiendo en mi mano. Eso despertaba mi libido y hacía volar mi imaginación…en el fondo soy un poco morbosa y fantasiosa.

Mi trabajo consistía en combatir la soledad que sentían algunas personas mayores abandonadas a su suerte. Una tarde de verano la señora Ana solicitó mi ayuda, que consistía básicamente en hacerle compañía. Me dirigí hacia su casa y allí pasamos una agradable tarde tomando té y pastas. Tan bien nos lo estábamos pasando que se me echó la noche encima. Me despedí de la señora Ana y emprendí la vuelta a mi casa. Hacía una noche preciosa, con luna llena, aunque refrescaba un poco para lo ligera que iba de ropa. Mi blusa blanca semitransparente, dejaba entrever mis pezones erectos xvideos por la sensación de frío y mi corta minifalda tampoco ayudaba demasiado. Comencé a caminar con paso firme porque en la noche todo eran ruidos y eso me asustaba un poco. La única luz que existía era la de la luna. Tenía que pasar por delante del cementerio pero no había nada que temer puesto que allí vivía Paulino, el sepulturero, un hombre poco hablador, de sesenta y cuatro años, bastante desaliñado pero muy servicial.

Al cabo de un rato de estar caminando, me di cuenta de que no había avanzado nada. Eso me dio que pensar, probablemente me había desorientado y empecé a asustarme de verdad. Cuando ya me estaba empezando a desesperar, Paulino apareció de la nada, como si hubiera sentido mi miedo. Se ofreció a acompañarme un rato hasta que ya supiera por donde debía seguir. Acepté encantada el ofrecimiento. En todo el camino Paulino no soltó palabra pero no dejaba de dirigir miradas furtivas a mis pechos y a mis piernas. A mi esto me excitaba sobremanera pero hice como si no me diera cuenta.

Cuando estuvimos junto al cementerio, y viendo que Paulino seguía mirándome, decidí provocarle un poco para ver si se decidía a hacer algo ya que yo me había puesto muy excitada con sus tímidas miradas. Hice como que me tropezaba y por supuesto él no perdió tiempo en sujetarme para que no cayera, aproveche para restregarle mis senos en su cara y noté como se le abultaba la entrepierna. Aún así, seguía siendo muy respetuoso conmigo así que le dije que me había hecho daño en el tobillo y claro, no podría caminar hasta mi casa en ese estado. Me dijo que me podía quedar a pasar la noche en su casa e intentaríamos bajar el hinchazón con un poco de hielo. Sin dudarlo le dije que me parecía una idea estupenda y me apoyé en su hombro para poder caminar.

Ni que decir tiene que el hombre no podía ya con su excitación aunque luchaba para ocultarla con todas sus fuerzas. Entramos en su casa y me recostó en un sofá muy cómodo, pero ya muy deteriorado, mientras iba en busca de hielo para mi pie, situación que aproveché para desabrocharme un par de botones de la blusa y dejar mis senos casi al descubierto. Paulino volvió con el hielo y me lo aplicó primorosamente en el tobillo pero ya no podía disimular el calentón que le estaba provocando, además, al tener las piernas en alto, también tenía la visión de mis tangas. Aquello estaba a punto de estallar. Le pregunté si le gustaría verme los senos, dudó un poco pero luego dijo que le gustaría mucho, me abrí la blusa de par en par y dejé que se recreara en ellas. Acto seguido, como movido por un resorte se abalanzó sobre ellas como un loco y agarrándomelas con las manos posó sus labios sobre ellas y empezó a darme lametazos en los pezones que se habían puesto duros como piedras.

No me podía creer que debajo de esa timidez se escondiera semejante pasión. No contento con eso, metió una mano debajo de mi falda y comenzó a masajearme el clítoris, yo hacía que forcejeaba para darle emoción al asunto, aunque sin demasiado entusiasmo porque sentía un placer inmenso. Él apartó mi tanga e introdujo un dedo en mi vagina, yo no podía reprimir leves gemidos. Parecía que eso a Paulino le excitaba mucho más porque decidió quitarme las tangas y la mini para poder maniobrar mejor. Ya tenía mi coño a su entera disposición, así que hundió la cara entre mis piernas y se puso a relamerme el chochito con gran maestría. Pasaba su lengua arriba y debajo de mi clítoris y la introducía en mi agujerito como si fuera lo último que iba a hacer en el mundo.

Yo solamente conseguía gemir suplicando que no parara. Cuando Paulino se daba cuenta de mis corridas, paraba un poco y volvía otra vez a lamer con mas ganas haciendo que me volviera loca de placer. De repente decidió que ya era hora de que yo hiciera algo por él. Agarró mi cabeza y la dirigió hacia su polla que estaba ya como una estaca deseando disfrutar también. Se la chupé con fruición deseando tener ese pene dentro de mi, entonces Paulino, me levantó y me puso a cuatro patas, quedando mi culito frente a él. Cuando menos lo esperaba, me metió toda su polla sin miramientos y empezó a menearse dentro de mi. Yo no podía más, me retorcía de gusto y gemía sin parar, no sabía si quería que terminara o que no parara nunca. Paulino soltó un gran gemido y me llenó con toda su leche, fue un orgasmo simultáneo y los dos quedamos exhaustos pero felices y nos prometimos volver a repetirlo de vez en cuando.

 
Zorra Sucia

Mi vida transcurría monótonamente monótona. Creo que con eso lo digo todo. Y ahora verán por qué.

Tenía un marido que me cogía allá cada mes si se le antojaba mi culo, y solo cada año, cuando le daban vacaciones, era que mas o menos me tocaba una ración de verga un poquito mayor. Lo demás se me iba en responsabilidades con mis dos hijos, el quehacer de la casa, la comida y el sueño.

De cualquier modo jamás pensé en engañar a Arturo, pero me cuidaba más de hacerlo por mis hijos, que ya estaban grandecitos y de todo se enteraban. Llegué a creer que alcanzaría la vejez sin haber tenido una de esas aventurillas como las de algunas de mis amigas, que a veces me revoloteaban por la cabeza, sobre todo en las temporadas de calor, cuando me sentía muy caliente.

Pero yo no sabía que el destino me engañaba.

Cierta vez se vino a vivir un tío de mi marido cerca de la casa. Era un hombre ya entrado en años, como de unos cincuenta y ocho o más, y la verdad, pasaba mucho tiempo con mis hijos cuando salían de la escuela.

Ante la ausencia de mi marido, poco a poco se fue encariñando con nosotros y nosotros con él. Comenzamos a salir a pasear una vez por semana y a veces hasta lo invitábamos a quedarse a comer. Era un hombre alegre y despreocupado que vivía de sus rentas y ya no trabajaba.

Cada tarde, cuando mis hijos salían a hacer tareas, él me visitaba. Nos sentábamos a conversar por largos ratos, como nunca lo hacía con mi esposo.

Cierta vez el me contó algunas cosas de su vida y yo lo escuché calladamente. Me llamo la atención que me dijera que había tenido muchas mujeres pero que ahora ya estaba en el retiro. Le pregunté por qué lo hacia si todavía se veía entero y me dijo que porque había tenido demasiados problemas.

Le volví a preguntar que qué clase de problemas, y me dijo que las mujeres no lo dejaban en paz. Pensé que lo hacían quizás por su dinero, pero él me aclaró que no, sino que era otra la razón, aunque no me la dijo.

Pasaron los días y yo seguía calmando mis ardores de mujer solitaria masturbándome en mi recamara por las noches o rentando películas porno que veía ya tarde en mi cuarto sin subirle el volumen a la video. A veces me ponía los audífonos porque los gritos de las parejas me calentaban demasiado junto con las imágenes.

Nadie sabía que lo hacia, ni siquiera mis hijos y menos mi propio marido. Sólo contadas amigas que a veces venían a verme en horas de escuela y nos encerrábamos juntas a ver alguna peli, y hasta llegábamos a tocarnos las cuquis, pero no pasaba de ahí.

En cierta ocasión en que vino María, una de mis mejores amigas y cómplices en esas cosas del porn, se encontró al salir con Ciro, el tío de mi marido, quien venía llegando a la casa. Me vi obligada a presentárselo y algo platicaron mientras yo me puse a atender a un cobrador que llegó en aquel momento.

Días después María me visitó de nuevo. Me llamó la atención que me preguntara de pronto por Ciro. Yo me sorprendí al principio, pero luego le pregunte si el madurito le gustaba.

María me dijo que sí, porque ella tenía el don de ver en los hombres sus atributos, y podía adivinar quien tenia la polla grande y quien no. "No veas el bulto, amiga mía, mejor mírale las espaldas: si la tienen inclinada hacia delante, allí hay tesoros por descubrir, te lo aseguro, y si no, mejor ni le busques". Me sorprendió aun mas oír tal confesión, y un gusanito de duda me taladró el cerebro.

Pasaron los días y cierta tarde que mi amiga vino a casa, me confió que ya se había acostado con Ciro. Confieso que la vi con ojos de celos y de envidia, pero no se lo di a notar. Comencé a hacerle preguntas y me confirmó que su verga era una tranca gorda y jugosa que la había hecho gozar como una perra de la calle. Pero que lo mejor eran sus formas y sus modos, pero que esos no me los diría.

Yo me encendí como nunca y esa misma noche no paré de tocarme mientras me comportaba en la cama como una puta zorra y sucia basura. Aquello me agradaba practicarlo, pero solo en la intimidad. Me metí todos los dedos, dos plátanos, y hasta el palo de la escoba con un condón en la puntita, pero ni así deje de pensar en Ciro, el primo de mi marido, imaginando como podía tener el colgajo.

Cuando lo volví a ver, de plano me le abrí de piernas para calentarlo. Esperé a ver si así me decía algo. Pero ni me insinuó nada ni mucho menos me pidió las nalgas. Sintiéndome despechada, continué con mi plan hasta que una vez, de plano, me le tuve que aventar preguntándole abiertamente si no veía nada en mí que le agradara.

Me dijo que si, que yo le gustaba mucho, pero que le gustaba respetar hasta cierto punto a las mujeres de sus parientes. Yo le dije que nadie lo sabría si lo hacíamos a escondidas y nos dábamos una encerrona lejos de allí. El me dijo que si era solo una cogida, que entonces me complacería.

Esa misma tarde lo arreglé todo y nos largamos al motel de un pueblo cercano.

Ciro me encueró todita antes de empezar a jugar con mi cuerpo. Me lamió las chiches, el cuello, la boca, los hombros, los sobacos, el ombligo, el vientre, la cara, las orejas, la nariz, la cuca, las corvas, los pies, y el culo. Todos los rincones y dobleces de mi cuerpo en donde hubiera hoyo o recovecos escondidos, él iba y se metía hasta el fondo con la lengua por delante.

Cuando me puso más caliente que una brasa y le gritaba con fuerza que me la metiera, me dijo que a él le gustaba cogerse a las mujeres a su manera, y que quería culiarme como a él le cuadraba. Yo le imploré que lo hiciera, pero que lo hiciera ya, porque no aguantaba un solo instante más.

Ciro me dijo que lo haría si era su perra, su zorra, su puta, su ramera, su maldita perdida, su más humillada sucia de callejón. Yo le dije que sería todo lo que él quisiera con tal de que me culiara al instante. Entonces me hizo andar de rodillas por todo el cuarto, ladrando y maullando, gritando y aullando, bufando y gruñendo, como cualquier animal de la selva.

Nunca había hecho eso con nadie pero les juro que me calentó como nunca en mi vida. El fuego me cruzaba por la cara pero no de la vergüenza si no de la brama. Cuando Ciro se cansó de humillarme me puso en cuatro y se escondió tras de mi culo. Allí comenzó a mamarme metiéndome la lengua y los dedos y rozándome las nalgas, mordiéndome como un perro rabioso las carnosas bolas y pegándome tremendas cachetadas con las palmas hasta que los glúteos se me pusieron rojos y me ardían.

Pero lejos de dolerme aquello me calentó más. Después me volteó de frente y me recostó sobre la cama. Allí, entre gemidos y orgasmos, me ordenó que ahora tenía que implorarle la verga, suplicándosela a gritos para que pudiera cogerme. El jueguito, mas que desalentarme, me tenía totalmente exacerbada.

Esa vez me transformé en la peor puta ramera del mundo, porque le imploré la verga como una sucia perra de angostillo; me comporté, no lo niego, como la más barata puta de barriada, como la más inmunda puerca revolcona y como la más apestosa puerca que pudiera existir en el planeta. Y a Ciro eso lo calentaba demasiado. Tanto, que pude ver como le creció la verga hasta convertirse en un pedazo de muy buen ver, grueso y jugoso como el de cualquier joven bien dotado.

Supe que María tenía razón cuando el maduro me trambucó de cabeza sobre el camastro y empezó a chuparme las tetas y las axilas. Era una delicia sentir su lengua recorrerme como un reptil. Me abrió las piernas sin miramientos y toscamente me empujó la verga bien dura en la peluda cuca.

Sus largos y crespos pelos se confundieron con los míos no solo en la enredadera que formaron, sino en el batidero de leche en que se convirtieron nuestros chochos con tanto movimiento de calentura. Antes que su larga polla me tocara el fondo por dentro, me vine dos veces, gritando como una perra embramada.

Ciro me mordía las orejas, me mordía las chiches, me chupaba los sobacos, me cacheteaba las nalgas y volví a explotar una y otra vez entre sus brazos. Cuando acabé había tenido cuatro o cinco orgasmos que jamás había sentido con mi marido.

Contenta de haber descubierto al lobo que se escondía en la madura persona de Ciro, traté de mantenerme tranquila para que nadie se diera cuenta de lo nuestro.

Cuando le tocó venir a mi marido y me cogió, yo sabía que no sería lo mismo, pero tuve que fingir un par de orgasmos para que se regresara contento. Esperé unos días para volver a insinuármele a Ciro, pero la loca de María se me atravesó en el camino.

La muy puta ya casi ni venía a ver películas conmigo y cuando le llamaba a su casa, siempre me respondía la contestadora. Sospechando que había mano negra en todo eso quise ir a casa de Ciro a espiar sus movimientos.

Pero me daba temor que mis hijos se dieran cuenta de mis andanzas, así que tuve que conformarme con saludar a Ciro desde lejos mientras me encerraba en mi casa.

Esa semana vi más películas que en todo un mes, y el tipo de la renta debió sentirse muy contento con tantas visitas, pero a mí no me importaba. Lo que deseaba era sacarme esas ansias que me quemaban como el fuego por no poder ver a Ciro.

Vino la puta de María poco después y le quise reclamar, pero ella me dio de rodeos, sonriendo como toda una perra, sin darme pistas de nada. Me preguntó si Ciro me gustaba o si ya me había culiado, pero yo se lo negué rotundamente.

Cierta tarde en que andaba por el video me hallé a María con Ciro, escogiendo unas películas. Sentí celos y muina pero me tuve que aguantar. Le pregunté a mi amiga si estaría en su casa y me contestó que sí, que había invitado a Ciro a una sesión se cine.

En su vaga sonrisa de zorra sucia adiviné sus negras intenciones y me convencí de que tenía que descubrirlos. Ni yo misma sabía por qué quería hacer eso, pero los celos y la envidia me nublaban la razón. Esperé a que mis hijos se fueran a descansar y me salí a la calle decidida.

Cuando llegué a la casa de María todo estaba oscuro, excepto su cuarto. Toqué la puerta con fuerza y mi amiga salió a abrirme cubierta con una bata cortita. Se sorprendió de verme llorosa, con cara de angustia. Pero yo le estaba fingiendo para que me abriera. Le conté una mentirota diciéndole que me sentía mal de un dolor y que necesitaba su ayuda.

Ella me abrió y me dijo que me fuera a recostar al sillón. Pronto salió Ciro del cuarto con las ropas desajustadas y me vio. Nos pusimos a conversar y María me preguntó si llamaban al doctor. Yo le dije que no, que lo que quería era estar con ellos porque me sentía muy sola.

Entonces María se cuchicheó con Ciro y ella me preguntó sonriendo si no me haría bien compartir con ellos una buena encerradita. Haciéndome la zorra les dije que quizás si, pero que no estaba tan segura porque nunca había hecho un trío.

Ya a Ciro no le importaron tanto los parentescos y se llegó a mí y comenzó a encuerarme. Mi amiga participó activamente hasta que me dejaron sin nada. Lo que siguió fue un aquelarre de perversión y suciedad como nunca había vivido.

Entre los dos me hicieron ser su zorra sucia, su puta ramera, su maldita perdida, y fui golpeada en las nalgas con las palmas de sus manos como una colegiala. Descubrí que en especial a María le encantaba comportarse como la maestra golpeadora de su alumna, y a Ciro como el director solapador que interviene para ayudarla a acrecentar el castigo.

Pero lo mejor fue cuando Ciro me culió como a una perra tendida y desnuda en el suelo, mientras María se encargaba de meterme un consolador por el culo.

Mi amiguita era una perversa y sucia puta a la que le encantaba gozarse con lo más degradante, porque me meó, me cagó y me puso restos fecales en la cara al tiempo que Ciro no dejaba de cogerme.

Tuve muchísimos orgasmos esa noche hasta que yo misma pedí tregua porque ya no aguantaba.

Llegué a mi casa sintiéndome la peor zorra sucia que pudiera existir. Pero desde aquel momento quería ya repetir el juego con los dos canallas perversos.

A fin de mes, cuando vino mi marido, quiso cogerme de nuevo, y esta vez le fingí más. Quería sentirme su basura, su porquería, la más vil, la más sucia, la más inmunda, pero lejos estaba él de adivinar lo que mi mente deseaba con ansias locas.

Está por demás decir que me convertí en la zorra sucia de Ciro y María, quienes legaron a ser mis amantes conformando un extraño y raro trío donde yo era la basura, la roña, la impura, el excremento, la bazofia, y todo lo putrefacto que puedan imaginarse.

Ahora vivo y me comporto como en un doblez de vida; una vida de dos caras. Cuando viene mi marido a casa tengo que ser la puritana esposa que se le entrega para recibir la dádiva mensual, tierna y tranquila, que me trae guardadita de sus viajes.

Pero cuando se vuelve a su trabajo y me toca culiar con Ciro y María, me transformo en el más salvaje animal que puedan imaginarse, y doy rienda suelta a mis más fieros instintos de mujer perversa, sucia, inmunda y barata. Me convierto en la zorra sucia que ya les he contado.

Pero, a mí, eso es lo que más me hace gozar.

¿Y a ustedes?

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Sexo con mi Jefe

Marcos, mi jefe, es un hombre de unos 55 años, más bien canoso, alto, fornido y con una incipiente barriguita que tanto morbo me había dado siempre.

Una mañana entra en su propio despacho, pero no se sorprende al encontrarme ahí, me sorprende él a mi, tomándome de la cintura y baja lentamente hasta mi culo, apretándome con fuerza.

Para esos momentos yo ya me había dejado llevar por lo excitante de la situación. Marcos sube hasta mis pechos, y me los acaricia lentamente, mientras poco a poco ya se va notando por encima de mi blusa mis pezones super erectos. Los sigue acariciando con maestria, y me dejo llevar.

Yo, empiezo a cariciarle el abdomen y voy bajando tan lentamente como él antes lo había hecho, hasta encontrarme con un enorme bulto, tan duro que me quitó la respiración. De repente su lentitud y suavidad se trasforma en frenesí y de un manotazo me arranca la blusa, dejando al aire mis pechos blanquitos y de pezones grandes, oscuros y completamente duros.

Me los beso apasionadamente y lame con todo su ímpetu, yo no puedo dejar de suspirar profundamente...me abre las piernas y me apoya encima de la mesa del despacho, me quita los jeans y el tanguita rosa, ya completamente mojado, y empieza a lamerme mi conchita como nunca, jugueteando con mi clítoris como un autentico desesperado, no tardé en correrme por primera vez.

Al darse cuenta, paró repentinamente. Ladeó la mesa del despacho y se sienta en su sillón, le sigo, me agacho y me meto la punta de su enorme verga en la boca, la saboreo lentamente y me la meto enterita de golpe. El ritmo se va acelerando y él empieza a acompañar mis movimientos con los suyos.

Cuando noté que iba a venirse me aparté y él se enfadó, pero quería hacerle "sufrir" un poquito. Te compensaré, le digo.

Le hago señas de que se levante y se viene conmigo hasta el sofá del despacho. Se sienta y a mi me encanta saltar encima de una verga, así que sin pensamelo dos veces me sentó encima de él, me la clavé y empecé a saltar, arriba y abajo, primero suavemente, luego en circulos y cada vez más rápido, y mis pechos saltando...él me los acariciaba, mordía...empezó un arriba y abajo frenético y él se corrió brutalmente en mi.

Pero yo no tenía suficiente, así que me levanto, me apoyo de nuevo en la mesa, y abriéndo las piernas, la gran verga de Marcos volvía a quedarse parada y nos sumimos otra vez en un incesante mete-saca que me llevó a correrme de nuevo.

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Mi gusto por los hombres maduros

Soy una hembra mexicana, muy voluptuosa y de las más putas, viviendo en Estados Unidos; y quiero platicarles mis experiencias. Después de la decepción que tuve ante mi esperada primera experiencia sexual, estuve un tiempo muy deprimida, odiando mi cuerpo muy desarrollado para la edad que tenía en aquella época…

Mi noviecito de mi misma edad, achacó su bajo rendimiento y su falla, debido a la enorme excitación que le causé cuando vio mis tremendas nalgotas, mis muslos gordos y mi panocha húmeda y peluda; además de que el olor penetrante de mi sexo, lo habían terminado por bloquearlo.

Total que fue el fin de mi relación con él, pues además se encargó de correr la voz con todas las amistades de la Prepa que yo era bien facilota. Cuando entré a mi primer y único empleo, conocí a un señor que casi me doblaba la edad; era uno de los hombres más importantes del corporativo de abogados y el más asediado por todas las mujeres que allí laborábamos. Precisamente ocurrió lo contrario conmigo, pues sin mostrarme coqueta e insinuante con él, aquel hermoso ejemplar masculino se fijara en mí, y de ser secretaria general en aquella oficina, me pidió como su secretaria particular.

Entre semana yo me la pasaba sentada en mi escritorio que estaba fuera de su privado, pero los sábados, entraba al interior para darle los detalles ocurridos durante la semana laboral y recibir instrucciones para la semana que seguía… Poco a poco me di cuenta que a él le agradaba verme las nalgas en jeans súper untados, o minifaldas muy cortas, donde toda la exhuberancia de mis muslos quedaba al descubierto. Así que los días sábados podíamos ir vestidas como nos viniera en gana, olvidándonos de los tradicionales uniforme que nos poníamos los demás días.

A las 4 o 5 semanas, mis compañeras me preguntaban que si ya me había acostado con él, pues las anteriores secretarias todas lo habían probado y todas ellas coincidían que su verga era muy rica y grandota. Lo que había pasado con mi noviecito me había impedido pensar en volver a repetir la experiencia, pues en realidad me sentía fea y gorda. Pero mi jefe me hizo borrar toda mala impresión que traía en mente.

Ese sábado llevaba y una minifalda floreada, sin medias, pues era pleno verano y aquí en mi ciudad las temperaturas alcanzan los 42ºC. Al sentarme en mi silla, alejada como unos dos metros de su escritorio y frente a él, le permitía apreciar mis gordos muslos, que con la presión de la silla, se expandían enormemente. El trataba de disimular que no me veía, yo iba decidida a llegar hasta el límite y ver que sucedía, pues se hablaba tanto de él, de su forma de seducir y quise comprobarlo. Y creo que a propósito lo hizo, pues al cabo de unos minutos, se puso de pie y se recargó en su escritorio, quedando de frente a mí, mientras seguía dictándome sus instrucciones y yo tomaba nota y le veía su gran erección bajo el pantalón.

En el colmo de la cachondería y con la intención de querer calentarlo aún más, crucé mis torneadas piernas, mostrándoselas por completo, casi hasta los calzones. Cuando terminó de dictarme, me puse de pie para despedirme y salir del privado, y él sin decir nada, me abrazó y me besó en la boca. Sentí sabrosísima su lengua y su aliento, la temperatura ideal para hacer de ese beso una calida caricia. El segundo beso ya fue mas relajado por parte de los dos, me atreví a entrelazar mi lengua con la suya, meter la mía en su boca y succionar la de él hasta tragármela, ¡riquísimo!...

Me puso de frente a él, y sin dejar de besarnos me atrajo de las nalgas hasta que sentí la dureza de su verga presionando mi pubis, pues éramos de la misma estatura; me guió despacito hacia su escritorio y me levantó para sentarme sobre la plataforma. Abrió mis piernas para meterse en medio de ellas y comenzó a sobármelas como se le venía en ganas. Ya mi calentura era extrema, sentí como se mojaban mis pantaletas y cuando se dio cuenta, pasó de sobarme el exterior de los muslos al interior de mi entrepierna, concretamente a los hinchadísimos labios de mi cuca.

Hizo mi calzón a un lado y acarició mi labia vaginal, expandiendo mis jugos a todo lo largo de mi pepa. Después introdujo un dedo en mi panocha y lo sacó para llevárselo a la nariz, después a su boca, opinando que yo era una niña exquisita y muy caliente, pues en un tris me había empapado por completo. Me volvió a besar en la boca, pasándose a mi cuello y hombros; se me acercó tanto que sentí su verga palpitar en mi concha. Instintivamente bajé mis manos y toque si endurecido garrote, me dio algo de temor pues yo solo había tocado la verguita de mi novio, que si acaso apenas llegaba a unos 10cms de larga y gruesa solo como el dedo medio de mi mano. Esto era diferente, yo solo las había visto en revistas y películas, pero no pensé que existiera algo así.

Mi jefe se desabotonó el pantalón y se lo bajó con todo y calzoncillos. Lo que vi casi me provoca un desmayo, pues tenía una vergota, gruesa, venuda y cabezona, digna de un semental. Al intentar rodearla con mi mano y no lograrlo, me dio algo de miedo; dudé que esa terrible ñonga me cupiera en mi cuevita, mucho menos en la boca, porque ya tenía en mente mamársela y dejar que me la metiera. Pero él, todo un experto, me estuvo calentando y llevándome al límite de la locura del placer, mis jugos vaginales ya habían traspasado la tela de mi pantaleta y escurrían hacia su escritorio donde permanecía sentada.

Él se agachó a besarme los muslos, diciendo que mi vulva olía riquísimo; me los lamió delicadamente sin dejarme marcas, lengüeteó mi ingle y después me quitó el calzoncito para abrirme de piernas y lamer mi raja; la sensación fue exquisita, era la primera vez que me lo hacían, y ahí conocí lo rico que es una mamada.

Yo también me moría de ganas por mamarle la vergota, pero no me mostraba desesperación por metérmela, permanecía sereno mamándome la pepa, besado mis muslos y de vez en cuando, lengüeteaba mi culo. Hasta que llegó el momento de metérmela. Antes me pasó la cabezota de su chile por mis empapados labios vaginales y vellos hasta que se embarró toda la verga con mis secreciones. Hizo presión y su cabezona tronó al traspasar la entrada de mi vagina, me dolió un poco, pero magistralmente mi jefe me llevó del dolor al placer, metiéndome poco a poco ese animal que tiene por verga.

Cuando lo alojó todo dentro de mi pucha, me escurría a través de mis nalguitas miel de lujuria mezclada con algo de sangrita, pues realmente él me había desvirgado; cuando lo notó, me besó tiernamente. Sentía las palpitaciones de su garrote dentro de mi ser, y un suspiro de satisfacción brotó de mis labios al sentirme empalada por completo y saber que había sido capaz de comerme semejante verga. Me cargó sin sacármela y me llevó a un elegante sofá tapizado en piel color negro… Allí me penetró de mil formas hasta que mi panocha se acostumbro a aquella vergota.

Sentí riquísimo cuando entraba toda y me causaba un dolorcito que yo lo sentía en el estómago, pero no quería dejar de sentirlo. Cuando me puso de doggy style, abrió mis nalgotas y cuando vio mi culito virgen y apretado, se inclinó y me lo lengüeteó hundiendo su lengua muy profundamente, caricias que por primera vez yo experimentaba; quería ser solo de él y para siempre.

Intentó meterme su cabezota, pero se dio cuenta que era imposible, pues yo no estaba preparada para eso. Volvió a metérmela por mi gruta que seguía destilando mis jugos y le pedí que se moviera rápido y enérgico. ¡Ni hablar!, me dio la cogida de mi vida, haciéndome llegar al orgasmo muchas veces, tantas que ni las conté, solo sentí que me desmayaba, así llegó el momento de que él se viniera. Deseaba que me aventara todo su semen dentro de mí y comprobar si se sentía tan maravilloso como decían mis amigas, pero creo que él no quiso arriesgarse y me aventó toda su leche en mi vientre, escurriendo una gran cantidad de semen hacia los pelos de mi panocha.

Me encantó la mezcla del olor de la piel del sillón, el olor de su semen, el olor de mi pepa caliente, etc. ¿Cómo olvidar aquella hermosa experiencia?... Con mi jefe aprendí todo lo básico del sexo: a mamar verga, a alojar su cabezota en mi ano, a metérmela toda en mi boca… Lo adoro, lo sentí mío por un tiempo, yo le pertenecía de igual forma. Pero todo acaba. Ahora entenderán mi preferencia por los hombres maduros.

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