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12/30/2015 3:16 pm

Mi gusto por los hombres maduros

Soy una hembra mexicana, muy voluptuosa y de las más putas, viviendo en Estados Unidos; y quiero platicarles mis experiencias. Después de la decepción que tuve ante mi esperada primera experiencia sexual, estuve un tiempo muy deprimida, odiando mi cuerpo muy desarrollado para la edad que tenía en aquella época…

Mi noviecito de mi misma edad, achacó su bajo rendimiento y su falla, debido a la enorme excitación que le causé cuando vio mis tremendas nalgotas, mis muslos gordos y mi panocha húmeda y peluda; además de que el olor penetrante de mi sexo, lo habían terminado por bloquearlo.

Total que fue el fin de mi relación con él, pues además se encargó de correr la voz con todas las amistades de la Prepa que yo era bien facilota. Cuando entré a mi primer y único empleo, conocí a un señor que casi me doblaba la edad; era uno de los hombres más importantes del corporativo de abogados y el más asediado por todas las mujeres que allí laborábamos. Precisamente ocurrió lo contrario conmigo, pues sin mostrarme coqueta e insinuante con él, aquel hermoso ejemplar masculino se fijara en mí, y de ser secretaria general en aquella oficina, me pidió como su secretaria particular.

Entre semana yo me la pasaba sentada en mi escritorio que estaba fuera de su privado, pero los sábados, entraba al interior para darle los detalles ocurridos durante la semana laboral y recibir instrucciones para la semana que seguía… Poco a poco me di cuenta que a él le agradaba verme las nalgas en jeans súper untados, o minifaldas muy cortas, donde toda la exhuberancia de mis muslos quedaba al descubierto. Así que los días sábados podíamos ir vestidas como nos viniera en gana, olvidándonos de los tradicionales uniforme que nos poníamos los demás días.

A las 4 o 5 semanas, mis compañeras me preguntaban que si ya me había acostado con él, pues las anteriores secretarias todas lo habían probado y todas ellas coincidían que su verga era muy rica y grandota. Lo que había pasado con mi noviecito me había impedido pensar en volver a repetir la experiencia, pues en realidad me sentía fea y gorda. Pero mi jefe me hizo borrar toda mala impresión que traía en mente.

Ese sábado llevaba y una minifalda floreada, sin medias, pues era pleno verano y aquí en mi ciudad las temperaturas alcanzan los 42ºC. Al sentarme en mi silla, alejada como unos dos metros de su escritorio y frente a él, le permitía apreciar mis gordos muslos, que con la presión de la silla, se expandían enormemente. El trataba de disimular que no me veía, yo iba decidida a llegar hasta el límite y ver que sucedía, pues se hablaba tanto de él, de su forma de seducir y quise comprobarlo. Y creo que a propósito lo hizo, pues al cabo de unos minutos, se puso de pie y se recargó en su escritorio, quedando de frente a mí, mientras seguía dictándome sus instrucciones y yo tomaba nota y le veía su gran erección bajo el pantalón.

En el colmo de la cachondería y con la intención de querer calentarlo aún más, crucé mis torneadas piernas, mostrándoselas por completo, casi hasta los calzones. Cuando terminó de dictarme, me puse de pie para despedirme y salir del privado, y él sin decir nada, me abrazó y me besó en la boca. Sentí sabrosísima su lengua y su aliento, la temperatura ideal para hacer de ese beso una calida caricia. El segundo beso ya fue mas relajado por parte de los dos, me atreví a entrelazar mi lengua con la suya, meter la mía en su boca y succionar la de él hasta tragármela, ¡riquísimo!...

Me puso de frente a él, y sin dejar de besarnos me atrajo de las nalgas hasta que sentí la dureza de su verga presionando mi pubis, pues éramos de la misma estatura; me guió despacito hacia su escritorio y me levantó para sentarme sobre la plataforma. Abrió mis piernas para meterse en medio de ellas y comenzó a sobármelas como se le venía en ganas. Ya mi calentura era extrema, sentí como se mojaban mis pantaletas y cuando se dio cuenta, pasó de sobarme el exterior de los muslos al interior de mi entrepierna, concretamente a los hinchadísimos labios de mi cuca.

Hizo mi calzón a un lado y acarició mi labia vaginal, expandiendo mis jugos a todo lo largo de mi pepa. Después introdujo un dedo en mi panocha y lo sacó para llevárselo a la nariz, después a su boca, opinando que yo era una niña exquisita y muy caliente, pues en un tris me había empapado por completo. Me volvió a besar en la boca, pasándose a mi cuello y hombros; se me acercó tanto que sentí su verga palpitar en mi concha. Instintivamente bajé mis manos y toque si endurecido garrote, me dio algo de temor pues yo solo había tocado la verguita de mi novio, que si acaso apenas llegaba a unos 10cms de larga y gruesa solo como el dedo medio de mi mano. Esto era diferente, yo solo las había visto en revistas y películas, pero no pensé que existiera algo así.

Mi jefe se desabotonó el pantalón y se lo bajó con todo y calzoncillos. Lo que vi casi me provoca un desmayo, pues tenía una vergota, gruesa, venuda y cabezona, digna de un semental. Al intentar rodearla con mi mano y no lograrlo, me dio algo de miedo; dudé que esa terrible ñonga me cupiera en mi cuevita, mucho menos en la boca, porque ya tenía en mente mamársela y dejar que me la metiera. Pero él, todo un experto, me estuvo calentando y llevándome al límite de la locura del placer, mis jugos vaginales ya habían traspasado la tela de mi pantaleta y escurrían hacia su escritorio donde permanecía sentada.

Él se agachó a besarme los muslos, diciendo que mi vulva olía riquísimo; me los lamió delicadamente sin dejarme marcas, lengüeteó mi ingle y después me quitó el calzoncito para abrirme de piernas y lamer mi raja; la sensación fue exquisita, era la primera vez que me lo hacían, y ahí conocí lo rico que es una mamada.

Yo también me moría de ganas por mamarle la vergota, pero no me mostraba desesperación por metérmela, permanecía sereno mamándome la pepa, besado mis muslos y de vez en cuando, lengüeteaba mi culo. Hasta que llegó el momento de metérmela. Antes me pasó la cabezota de su chile por mis empapados labios vaginales y vellos hasta que se embarró toda la verga con mis secreciones. Hizo presión y su cabezona tronó al traspasar la entrada de mi vagina, me dolió un poco, pero magistralmente mi jefe me llevó del dolor al placer, metiéndome poco a poco ese animal que tiene por verga.

Cuando lo alojó todo dentro de mi pucha, me escurría a través de mis nalguitas miel de lujuria mezclada con algo de sangrita, pues realmente él me había desvirgado; cuando lo notó, me besó tiernamente. Sentía las palpitaciones de su garrote dentro de mi ser, y un suspiro de satisfacción brotó de mis labios al sentirme empalada por completo y saber que había sido capaz de comerme semejante verga. Me cargó sin sacármela y me llevó a un elegante sofá tapizado en piel color negro… Allí me penetró de mil formas hasta que mi panocha se acostumbro a aquella vergota.

Sentí riquísimo cuando entraba toda y me causaba un dolorcito que yo lo sentía en el estómago, pero no quería dejar de sentirlo. Cuando me puso de doggy style, abrió mis nalgotas y cuando vio mi culito virgen y apretado, se inclinó y me lo lengüeteó hundiendo su lengua muy profundamente, caricias que por primera vez yo experimentaba; quería ser solo de él y para siempre.

Intentó meterme su cabezota, pero se dio cuenta que era imposible, pues yo no estaba preparada para eso. Volvió a metérmela por mi gruta que seguía destilando mis jugos y le pedí que se moviera rápido y enérgico. ¡Ni hablar!, me dio la cogida de mi vida, haciéndome llegar al orgasmo muchas veces, tantas que ni las conté, solo sentí que me desmayaba, así llegó el momento de que él se viniera. Deseaba que me aventara todo su semen dentro de mí y comprobar si se sentía tan maravilloso como decían mis amigas, pero creo que él no quiso arriesgarse y me aventó toda su leche en mi vientre, escurriendo una gran cantidad de semen hacia los pelos de mi panocha.

Me encantó la mezcla del olor de la piel del sillón, el olor de su semen, el olor de mi pepa caliente, etc. ¿Cómo olvidar aquella hermosa experiencia?... Con mi jefe aprendí todo lo básico del sexo: a mamar verga, a alojar su cabezota en mi ano, a metérmela toda en mi boca… Lo adoro, lo sentí mío por un tiempo, yo le pertenecía de igual forma. Pero todo acaba. Ahora entenderán mi preferencia por los hombres maduros.

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