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12/30/2015 3:25 pm

Zorra Sucia

Mi vida transcurría monótonamente monótona. Creo que con eso lo digo todo. Y ahora verán por qué.

Tenía un marido que me cogía allá cada mes si se le antojaba mi culo, y solo cada año, cuando le daban vacaciones, era que mas o menos me tocaba una ración de verga un poquito mayor. Lo demás se me iba en responsabilidades con mis dos hijos, el quehacer de la casa, la comida y el sueño.

De cualquier modo jamás pensé en engañar a Arturo, pero me cuidaba más de hacerlo por mis hijos, que ya estaban grandecitos y de todo se enteraban. Llegué a creer que alcanzaría la vejez sin haber tenido una de esas aventurillas como las de algunas de mis amigas, que a veces me revoloteaban por la cabeza, sobre todo en las temporadas de calor, cuando me sentía muy caliente.

Pero yo no sabía que el destino me engañaba.

Cierta vez se vino a vivir un tío de mi marido cerca de la casa. Era un hombre ya entrado en años, como de unos cincuenta y ocho o más, y la verdad, pasaba mucho tiempo con mis hijos cuando salían de la escuela.

Ante la ausencia de mi marido, poco a poco se fue encariñando con nosotros y nosotros con él. Comenzamos a salir a pasear una vez por semana y a veces hasta lo invitábamos a quedarse a comer. Era un hombre alegre y despreocupado que vivía de sus rentas y ya no trabajaba.

Cada tarde, cuando mis hijos salían a hacer tareas, él me visitaba. Nos sentábamos a conversar por largos ratos, como nunca lo hacía con mi esposo.

Cierta vez el me contó algunas cosas de su vida y yo lo escuché calladamente. Me llamo la atención que me dijera que había tenido muchas mujeres pero que ahora ya estaba en el retiro. Le pregunté por qué lo hacia si todavía se veía entero y me dijo que porque había tenido demasiados problemas.

Le volví a preguntar que qué clase de problemas, y me dijo que las mujeres no lo dejaban en paz. Pensé que lo hacían quizás por su dinero, pero él me aclaró que no, sino que era otra la razón, aunque no me la dijo.

Pasaron los días y yo seguía calmando mis ardores de mujer solitaria masturbándome en mi recamara por las noches o rentando películas porno que veía ya tarde en mi cuarto sin subirle el volumen a la video. A veces me ponía los audífonos porque los gritos de las parejas me calentaban demasiado junto con las imágenes.

Nadie sabía que lo hacia, ni siquiera mis hijos y menos mi propio marido. Sólo contadas amigas que a veces venían a verme en horas de escuela y nos encerrábamos juntas a ver alguna peli, y hasta llegábamos a tocarnos las cuquis, pero no pasaba de ahí.

En cierta ocasión en que vino María, una de mis mejores amigas y cómplices en esas cosas del porn, se encontró al salir con Ciro, el tío de mi marido, quien venía llegando a la casa. Me vi obligada a presentárselo y algo platicaron mientras yo me puse a atender a un cobrador que llegó en aquel momento.

Días después María me visitó de nuevo. Me llamó la atención que me preguntara de pronto por Ciro. Yo me sorprendí al principio, pero luego le pregunte si el madurito le gustaba.

María me dijo que sí, porque ella tenía el don de ver en los hombres sus atributos, y podía adivinar quien tenia la polla grande y quien no. "No veas el bulto, amiga mía, mejor mírale las espaldas: si la tienen inclinada hacia delante, allí hay tesoros por descubrir, te lo aseguro, y si no, mejor ni le busques". Me sorprendió aun mas oír tal confesión, y un gusanito de duda me taladró el cerebro.

Pasaron los días y cierta tarde que mi amiga vino a casa, me confió que ya se había acostado con Ciro. Confieso que la vi con ojos de celos y de envidia, pero no se lo di a notar. Comencé a hacerle preguntas y me confirmó que su verga era una tranca gorda y jugosa que la había hecho gozar como una perra de la calle. Pero que lo mejor eran sus formas y sus modos, pero que esos no me los diría.

Yo me encendí como nunca y esa misma noche no paré de tocarme mientras me comportaba en la cama como una puta zorra y sucia basura. Aquello me agradaba practicarlo, pero solo en la intimidad. Me metí todos los dedos, dos plátanos, y hasta el palo de la escoba con un condón en la puntita, pero ni así deje de pensar en Ciro, el primo de mi marido, imaginando como podía tener el colgajo.

Cuando lo volví a ver, de plano me le abrí de piernas para calentarlo. Esperé a ver si así me decía algo. Pero ni me insinuó nada ni mucho menos me pidió las nalgas. Sintiéndome despechada, continué con mi plan hasta que una vez, de plano, me le tuve que aventar preguntándole abiertamente si no veía nada en mí que le agradara.

Me dijo que si, que yo le gustaba mucho, pero que le gustaba respetar hasta cierto punto a las mujeres de sus parientes. Yo le dije que nadie lo sabría si lo hacíamos a escondidas y nos dábamos una encerrona lejos de allí. El me dijo que si era solo una cogida, que entonces me complacería.

Esa misma tarde lo arreglé todo y nos largamos al motel de un pueblo cercano.

Ciro me encueró todita antes de empezar a jugar con mi cuerpo. Me lamió las chiches, el cuello, la boca, los hombros, los sobacos, el ombligo, el vientre, la cara, las orejas, la nariz, la cuca, las corvas, los pies, y el culo. Todos los rincones y dobleces de mi cuerpo en donde hubiera hoyo o recovecos escondidos, él iba y se metía hasta el fondo con la lengua por delante.

Cuando me puso más caliente que una brasa y le gritaba con fuerza que me la metiera, me dijo que a él le gustaba cogerse a las mujeres a su manera, y que quería culiarme como a él le cuadraba. Yo le imploré que lo hiciera, pero que lo hiciera ya, porque no aguantaba un solo instante más.

Ciro me dijo que lo haría si era su perra, su zorra, su puta, su ramera, su maldita perdida, su más humillada sucia de callejón. Yo le dije que sería todo lo que él quisiera con tal de que me culiara al instante. Entonces me hizo andar de rodillas por todo el cuarto, ladrando y maullando, gritando y aullando, bufando y gruñendo, como cualquier animal de la selva.

Nunca había hecho eso con nadie pero les juro que me calentó como nunca en mi vida. El fuego me cruzaba por la cara pero no de la vergüenza si no de la brama. Cuando Ciro se cansó de humillarme me puso en cuatro y se escondió tras de mi culo. Allí comenzó a mamarme metiéndome la lengua y los dedos y rozándome las nalgas, mordiéndome como un perro rabioso las carnosas bolas y pegándome tremendas cachetadas con las palmas hasta que los glúteos se me pusieron rojos y me ardían.

Pero lejos de dolerme aquello me calentó más. Después me volteó de frente y me recostó sobre la cama. Allí, entre gemidos y orgasmos, me ordenó que ahora tenía que implorarle la verga, suplicándosela a gritos para que pudiera cogerme. El jueguito, mas que desalentarme, me tenía totalmente exacerbada.

Esa vez me transformé en la peor puta ramera del mundo, porque le imploré la verga como una sucia perra de angostillo; me comporté, no lo niego, como la más barata puta de barriada, como la más inmunda puerca revolcona y como la más apestosa puerca que pudiera existir en el planeta. Y a Ciro eso lo calentaba demasiado. Tanto, que pude ver como le creció la verga hasta convertirse en un pedazo de muy buen ver, grueso y jugoso como el de cualquier joven bien dotado.

Supe que María tenía razón cuando el maduro me trambucó de cabeza sobre el camastro y empezó a chuparme las tetas y las axilas. Era una delicia sentir su lengua recorrerme como un reptil. Me abrió las piernas sin miramientos y toscamente me empujó la verga bien dura en la peluda cuca.

Sus largos y crespos pelos se confundieron con los míos no solo en la enredadera que formaron, sino en el batidero de leche en que se convirtieron nuestros chochos con tanto movimiento de calentura. Antes que su larga polla me tocara el fondo por dentro, me vine dos veces, gritando como una perra embramada.

Ciro me mordía las orejas, me mordía las chiches, me chupaba los sobacos, me cacheteaba las nalgas y volví a explotar una y otra vez entre sus brazos. Cuando acabé había tenido cuatro o cinco orgasmos que jamás había sentido con mi marido.

Contenta de haber descubierto al lobo que se escondía en la madura persona de Ciro, traté de mantenerme tranquila para que nadie se diera cuenta de lo nuestro.

Cuando le tocó venir a mi marido y me cogió, yo sabía que no sería lo mismo, pero tuve que fingir un par de orgasmos para que se regresara contento. Esperé unos días para volver a insinuármele a Ciro, pero la loca de María se me atravesó en el camino.

La muy puta ya casi ni venía a ver películas conmigo y cuando le llamaba a su casa, siempre me respondía la contestadora. Sospechando que había mano negra en todo eso quise ir a casa de Ciro a espiar sus movimientos.

Pero me daba temor que mis hijos se dieran cuenta de mis andanzas, así que tuve que conformarme con saludar a Ciro desde lejos mientras me encerraba en mi casa.

Esa semana vi más películas que en todo un mes, y el tipo de la renta debió sentirse muy contento con tantas visitas, pero a mí no me importaba. Lo que deseaba era sacarme esas ansias que me quemaban como el fuego por no poder ver a Ciro.

Vino la puta de María poco después y le quise reclamar, pero ella me dio de rodeos, sonriendo como toda una perra, sin darme pistas de nada. Me preguntó si Ciro me gustaba o si ya me había culiado, pero yo se lo negué rotundamente.

Cierta tarde en que andaba por el video me hallé a María con Ciro, escogiendo unas películas. Sentí celos y muina pero me tuve que aguantar. Le pregunté a mi amiga si estaría en su casa y me contestó que sí, que había invitado a Ciro a una sesión se cine.

En su vaga sonrisa de zorra sucia adiviné sus negras intenciones y me convencí de que tenía que descubrirlos. Ni yo misma sabía por qué quería hacer eso, pero los celos y la envidia me nublaban la razón. Esperé a que mis hijos se fueran a descansar y me salí a la calle decidida.

Cuando llegué a la casa de María todo estaba oscuro, excepto su cuarto. Toqué la puerta con fuerza y mi amiga salió a abrirme cubierta con una bata cortita. Se sorprendió de verme llorosa, con cara de angustia. Pero yo le estaba fingiendo para que me abriera. Le conté una mentirota diciéndole que me sentía mal de un dolor y que necesitaba su ayuda.

Ella me abrió y me dijo que me fuera a recostar al sillón. Pronto salió Ciro del cuarto con las ropas desajustadas y me vio. Nos pusimos a conversar y María me preguntó si llamaban al doctor. Yo le dije que no, que lo que quería era estar con ellos porque me sentía muy sola.

Entonces María se cuchicheó con Ciro y ella me preguntó sonriendo si no me haría bien compartir con ellos una buena encerradita. Haciéndome la zorra les dije que quizás si, pero que no estaba tan segura porque nunca había hecho un trío.

Ya a Ciro no le importaron tanto los parentescos y se llegó a mí y comenzó a encuerarme. Mi amiga participó activamente hasta que me dejaron sin nada. Lo que siguió fue un aquelarre de perversión y suciedad como nunca había vivido.

Entre los dos me hicieron ser su zorra sucia, su puta ramera, su maldita perdida, y fui golpeada en las nalgas con las palmas de sus manos como una colegiala. Descubrí que en especial a María le encantaba comportarse como la maestra golpeadora de su alumna, y a Ciro como el director solapador que interviene para ayudarla a acrecentar el castigo.

Pero lo mejor fue cuando Ciro me culió como a una perra tendida y desnuda en el suelo, mientras María se encargaba de meterme un consolador por el culo.

Mi amiguita era una perversa y sucia puta a la que le encantaba gozarse con lo más degradante, porque me meó, me cagó y me puso restos fecales en la cara al tiempo que Ciro no dejaba de cogerme.

Tuve muchísimos orgasmos esa noche hasta que yo misma pedí tregua porque ya no aguantaba.

Llegué a mi casa sintiéndome la peor zorra sucia que pudiera existir. Pero desde aquel momento quería ya repetir el juego con los dos canallas perversos.

A fin de mes, cuando vino mi marido, quiso cogerme de nuevo, y esta vez le fingí más. Quería sentirme su basura, su porquería, la más vil, la más sucia, la más inmunda, pero lejos estaba él de adivinar lo que mi mente deseaba con ansias locas.

Está por demás decir que me convertí en la zorra sucia de Ciro y María, quienes legaron a ser mis amantes conformando un extraño y raro trío donde yo era la basura, la roña, la impura, el excremento, la bazofia, y todo lo putrefacto que puedan imaginarse.

Ahora vivo y me comporto como en un doblez de vida; una vida de dos caras. Cuando viene mi marido a casa tengo que ser la puritana esposa que se le entrega para recibir la dádiva mensual, tierna y tranquila, que me trae guardadita de sus viajes.

Pero cuando se vuelve a su trabajo y me toca culiar con Ciro y María, me transformo en el más salvaje animal que puedan imaginarse, y doy rienda suelta a mis más fieros instintos de mujer perversa, sucia, inmunda y barata. Me convierto en la zorra sucia que ya les he contado.

Pero, a mí, eso es lo que más me hace gozar.

¿Y a ustedes?

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